Monday, September 26, 2011

ANTES MUERTO QUE REAL




Cuando hablamos de buenos actores, siempre elogiamos, entre otras cosas, la versatilidad. Nos sorprenden los actores que son capaces de dar más de un registro. Pero ¿eso quiere decir que son malos los actores que representan un único papel hasta su muerte? Por supuesto que no.

Humphrey Bogart, por ejemplo. Siempre pegándola del duro-honesto de cine noir. Inmortal.

María Félix se representó a sí misma durante toda su vida. Jamás hizo en el cine de buena y abnegada esposa y madre.

Hay que admitir que representarse a sí mismo, al menos desde los últimos dos siglos, ya debería considerarse una forma de arte. Cuesta el alma, incluso tocar las puertas del infierno, si no, díganlo Robert Downey Jr. y Charlie Sheen, famosos no solo por sus escándalos sino por sus atractivas personalidades.

Ahora, lo curioso de todo, es que estamos en una época donde nosotros mismos también nos hemos convertido en eternos actores de un solo papel. El ideal de Oscar Wilde, de colocar el genio en la personalidad y solo el talento en el oficio, es una realidad. Hoy somos más hermosos e interesantes por Facebook que en la vida real.

Actores en un mundo que depende de la performance. La pesadilla indutrial de Bruno Schulz, en el tratado de los maniquíes, convertida en un sueño vaporoso. Así como los maniquíes de Schulz, figuras trágicas destinadas a una única función, nosotros ahora somos una suma de atractivos pedacitos: el lado más favorable de nuestro rostro, nuestros sofisticados gustos, las opiniones políticas más convenientes. Es mentira eso de que las redes sociales mataron la privacidad. La privacidad solo la tienen aquellos seres insípidos, incapaces de reinventarse a sí mismos. Incapaces de ofrecer una mejor versión de sí mismos para escándalo y adoración en la red. Estamos en la era cyborg, la edad del pastiche brillante. Todos somos actores. El Photoshop nos hace pequeños dioses de cartón.

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